Dicen que la vida es así...
Jugué en el casino de la desdicha
aposté mi estima y la perdí
mas no desistí
me acerqué a la ventanilla
froté mi barbilla
y obtuve más fichas
que noches tiene Madrid
sábado, 12 de diciembre de 2009
martes, 8 de diciembre de 2009
Pandemia
Pónganse mascarillas, guantes de látex y quemen todo aquello que piensen utilizar por segunda vez. Se ha detectado una nueva enfermedad y es altamente contagiosa, sobretodo para quienes no la sufren. No estoy hablando de otra variante de gripe que nos intentar vender para que consumamos más Tamiflu, sino de una cepa que se está extendiendo como ejemplares del 20 minutos entre la población más joven. Se trata de un trastorno llamado Policitis, cuyos índices de infección se han disparado en los últimos meses. Los síntomas son simples: el enfermo, quien no presentaba con anterioridad ninguna dolencia, decide de la noche a la mañana presentarse a policía.
Es cierto que muchas personas toman esta decisión de forma sana y racional; sin embargo otras tantas parecen estar sujetas a extraños comportamientos que les obligan a actuar en masa, teniendo como objetivo una placa a la que sacar brillo.
Tranquilícese. Si algún familiar o conocido suyo ha decidido dedicarse a la defensa de la justicia, no tiene por qué estar necesariamente contagiado. Pero yo que usted me aseguraría. Tomen una muestra de su sangre y quémenla con un alambre candente: si reacciona anómalamente, aislen al infectado o bien préndanle fuego, dependiendo del nivel de estima que tengan hacia él.
¿Por qué enferma la gente? Las razones varían en cada caso, pero son dos las que soportan mayor peso teórico:
En primer lugar, el miedo a la inestabilidad. Debido a la crisis bilderbergiana en la que nos encontramos, las personas acaban siendo contagiadas por culpa de su inseguridad, lo que las empuja a buscar un futuro sólido de la mano de un trabajo remunerado por el Estado. Y si puede ser cobrando mucho y trabajando poco, mejor que mejor.
La segunda y última razón está relacionada con el grado de tontería mental que tenga el sujeto; cuanto más alto sea éste, más posibilidades tendrá de caer enfermo. Este tipo de personas creen que meterse a policía es subir un escalón social, la manera de ser alguien. Sólo un don nadie estrecho de miras puede pensar que un policía merece más respeto que un fontanero. Para ellos, ingresar en el cuerpo es la excusa perfecta para ir a noventa por ciudad, poner cara de estreñido y actuar como si fuesen sheriffs de Wichita. En definitiva, para que les paguen por continuar siendo lo que son: un atajo de flipados.
Si quieres hacerte policía, perfecto; aunque parezca lo contrario no tengo nada en contra de esta profesión. Es más, aunque padezcas Policitis aguda, te presento todos mis respetos siempre y cuando lo sufras por la primera razón. Es algo absolutamente comprensible.
En cambio, si te presentas a madero por la segunda razón, me compadezco de ti y de tu mentalidad.
No te daría ni una pistola de balines.
Es cierto que muchas personas toman esta decisión de forma sana y racional; sin embargo otras tantas parecen estar sujetas a extraños comportamientos que les obligan a actuar en masa, teniendo como objetivo una placa a la que sacar brillo.
Tranquilícese. Si algún familiar o conocido suyo ha decidido dedicarse a la defensa de la justicia, no tiene por qué estar necesariamente contagiado. Pero yo que usted me aseguraría. Tomen una muestra de su sangre y quémenla con un alambre candente: si reacciona anómalamente, aislen al infectado o bien préndanle fuego, dependiendo del nivel de estima que tengan hacia él.
¿Por qué enferma la gente? Las razones varían en cada caso, pero son dos las que soportan mayor peso teórico:
En primer lugar, el miedo a la inestabilidad. Debido a la crisis bilderbergiana en la que nos encontramos, las personas acaban siendo contagiadas por culpa de su inseguridad, lo que las empuja a buscar un futuro sólido de la mano de un trabajo remunerado por el Estado. Y si puede ser cobrando mucho y trabajando poco, mejor que mejor.
La segunda y última razón está relacionada con el grado de tontería mental que tenga el sujeto; cuanto más alto sea éste, más posibilidades tendrá de caer enfermo. Este tipo de personas creen que meterse a policía es subir un escalón social, la manera de ser alguien. Sólo un don nadie estrecho de miras puede pensar que un policía merece más respeto que un fontanero. Para ellos, ingresar en el cuerpo es la excusa perfecta para ir a noventa por ciudad, poner cara de estreñido y actuar como si fuesen sheriffs de Wichita. En definitiva, para que les paguen por continuar siendo lo que son: un atajo de flipados.
Si quieres hacerte policía, perfecto; aunque parezca lo contrario no tengo nada en contra de esta profesión. Es más, aunque padezcas Policitis aguda, te presento todos mis respetos siempre y cuando lo sufras por la primera razón. Es algo absolutamente comprensible.
En cambio, si te presentas a madero por la segunda razón, me compadezco de ti y de tu mentalidad.
No te daría ni una pistola de balines.
martes, 1 de diciembre de 2009
sábado, 28 de noviembre de 2009
La otra cara de la ley
Mientras me duchaba, la esponja se ha caído por el lado que no rebosaba gel.
Chúpate esa, Murphy.
Chúpate esa, Murphy.
jueves, 26 de noviembre de 2009
La pelea del milenio
No forma parte de ninguna película de Van Damme, ni de Steven Seagal o sucedáneos. Tampoco pertenece a ningún film asiático. La culpa de esta joya audiovisual la tiene un capítulo de la serie Star Trek, cuyo director (mente avanzada a su tiempo donde las haya), nos obsequia con la mejor coreografía de artes marciales jamás rodada. Una obra de arte que alcanza su punto culminante durante el transcurso del segundo 17 al 23, donde podemos observar el más grandioso intercambio de golpes de la historia del Cine.
En el rincón derecho, con el vestido típico de una adolescente hortera el día de nochevieja, una criatura de aspecto salamandresco experta en el manejo del bastón de madera y quinto dan de karate estilo Mishima busca encararse con el protagonista de la aventura. El cowboy intergaláctico al que se enfrenta, conocido por sus depuradas técnicas pugilísticas y ataviado con un maillot amarillo propio del Tour de Francia, espera agazapado en medio de las desérticas tierras donde presumiblemente dará comienzo la pelea. El escamoso bicho del espacio toma la iniciativa, y tras desfragmentar su arma de combate al golpear con ferocidad una especie vegetativa autóctona, decide combatir cuerpo a cuerpo contra su humanoide rival, quien no deja de mantener la guardia.
A partir de ahí todo es una consecución de movimientos ágiles, trucos contundentes, dislocaciones de crisma y recíprocos lanzamientos de rocas.
3, 2, 1... ¡acción!
En el rincón derecho, con el vestido típico de una adolescente hortera el día de nochevieja, una criatura de aspecto salamandresco experta en el manejo del bastón de madera y quinto dan de karate estilo Mishima busca encararse con el protagonista de la aventura. El cowboy intergaláctico al que se enfrenta, conocido por sus depuradas técnicas pugilísticas y ataviado con un maillot amarillo propio del Tour de Francia, espera agazapado en medio de las desérticas tierras donde presumiblemente dará comienzo la pelea. El escamoso bicho del espacio toma la iniciativa, y tras desfragmentar su arma de combate al golpear con ferocidad una especie vegetativa autóctona, decide combatir cuerpo a cuerpo contra su humanoide rival, quien no deja de mantener la guardia.
A partir de ahí todo es una consecución de movimientos ágiles, trucos contundentes, dislocaciones de crisma y recíprocos lanzamientos de rocas.
3, 2, 1... ¡acción!
viernes, 20 de noviembre de 2009
La mano de Dieu
La selección francesa de balonmano se ha clasificado para el campeonato mundial tras derrotar a Irlanda en la fase de repesca.
Aquí podemos ver el tanto que aseguró su pase:
A esto se le llama canteo.
Aquí podemos ver el tanto que aseguró su pase:
A esto se le llama canteo.
martes, 17 de noviembre de 2009
Aham
- ¿Le conoces?
- Sí.
- Es muy majo.
- Bueno...
- ¿No te cae bien?
- No demasiado, la verdad.
- ¿Y eso?
- ¿Acaso importa?
No pretendo convencerte ni que cambies de parecer, así que no me obligues a desarrollar mi opinión y ahorrémonos el tiempo de discutir.
Hay momentos en los que es mejor no dar explicaciones. Cuando no se va a llegar a ninguna conclusión, la opción más fructífera es dar una palmadita silenciosa en la espalda del oyente, por mucho que duela la marca que dejan los dientes en la lengua.
Lo que tú digas.
- Sí.
- Es muy majo.
- Bueno...
- ¿No te cae bien?
- No demasiado, la verdad.
- ¿Y eso?
- ¿Acaso importa?
No pretendo convencerte ni que cambies de parecer, así que no me obligues a desarrollar mi opinión y ahorrémonos el tiempo de discutir.
Hay momentos en los que es mejor no dar explicaciones. Cuando no se va a llegar a ninguna conclusión, la opción más fructífera es dar una palmadita silenciosa en la espalda del oyente, por mucho que duela la marca que dejan los dientes en la lengua.
Lo que tú digas.
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